Amaneció el domingo. En el cielo despuntó un sol inmenso con una claridad impecable, una mañana fría, pero linda. Al final, la lluvia había sido sólo un susto. Comenzamos los preparativos: la música, la pelota, el mate y un abrigo por las dudas, con el tiempo nunca se sabe.
Después de la típica pasta del domingo, a eso de las 14 horas, partimos para el lugar. Todo listo y preparadito, fuimos para el barrio a reencontrarnos con compañeros de la organización, amigos, chicos, chicas, vecinos, y todo el que quisiera jugar un rato “a la pelota” y pasarla bien.
Los primeros en recibirnos fueron Julio y su mujer, quienes nos dieron una mano enorme, al prestarnos corriente para enchufar los equipos para pasar la música. Una vez que comenzó la música, algún que otro “chango” se arrimaba y así comenzaba la charla y la invitación a jugar.

Ojo, que las más chiquititas también encontraron como divertirse: se arrinconaron en un costadito con Pau y Vero (compañeras de JMS) y comenzaron a jugar y bailar desenfrenadamente al compás de la música. Gonza, Fer y yo (Martín) (JMS), dimos el puntapié inicial y comenzó el partido, todos – grandes y chicos – corriendo detrás de la pelota, tratando de anotar ese gol que nos regalaría la gloria. Mientras tanto más allá, Cintia – con el pequeño Bauti – y Sofi (JMS) le daban los primeros sorbos de la tarde, al mate. Por su parte, Ro (JMS), medio de improviso, sacó la cámara de fotos y comenzó a retratar esos rostros alegres, contentos, divertidos, jugando a la pelota, bailando locamente o simplemente saboreando un matecito. Todo iba saliendo mejor de lo que esperábamos. 
La tarde transcurría y nuestros corazones rebalsaban de alegría al ver “changos” divertirse y sonreír, entre fútbol y bailes, entre charlas y mates. En un momento dado, se habían acercado varios vecinos más y nos pusimos a conversar conformando la famosa ronda de mates. Nos comentaban de los problemas del barrio, de sus vidas allí, y hasta hubo lugar para las anécdotas y alguna broma. Nos sentíamos, realmente, como en nuestra casa, o mejor dicho, como en nuestro barrio. El afecto y el cariño que nos brindaban era algo que nos superaba.
Ah, y ni te cuento cuando llegaron los chicos de la murga “Fantasía de Arrabal”, a los pibes parecía habérseles iluminado las caras. Pero la murga, antes de “murguear”, quiso prenderse un ratito en el “picado”. Después de unos 10 o 15 minutos comenzó el show, y entre bombos y platillos se comenzó a bailar a ese ritmo tan lindo y popular, y hasta diría arrabalero, que se llama “murga”. Los pasos eran enseñados a todos por ese gran maestro murguero llamado César, a quien le debemos un agradecimiento enorme, a él y a todo Fantasía de Arrabal, por trabajar con nosotros y por “hacernos la pata”.
El sol iba cayendo y empezaba a refrescar. Comenzamos a despedirnos, pero no era un “Adiós”, sino un “Hasta Luego”. Algunos changos no querían que nos fuéramos y nos preguntaban cuándo íbamos a volver. Eso fue lo más hermoso: el cariño recibido.
Realizar esta movida nos costó mucho esfuerzo, pero sinceramente valió la pena.
Ahora permítanme hacer una acepción propia. Considero que este tipo de actos o de movidas, verdaderamente nos enaltecen como personas, más allá de que algún interesado piense que el mundo sólo se mueve bajo intereses individuales – lo cual muchas veces se nos ha demostrado –, creo que realizando ese tipo de cosas (simplemente jugar a la pelota, bailar con los más chiquitos o compartir un mate con el vecino) estamos demostrando lo contrario, enarbolando la bandera de la solidaridad sin ningún tipo de beneficios propios más que el amor, el cariño y el afecto de las personas a las cuales nos dirigimos. Realmente estoy orgulloso de pertenecer a esta organización, que da la cara cuando hay un problema, que se entristece con el dolor ajeno, que se compromete con la realidad que le toca vivir para poder transformarla, que tiene en cuenta a aquellos que muchas veces no son tenidos en cuenta, etc., etc…
Desde ya un millón de gracias a la Murga Fantasía de Arrabal, a Julio y esposa, a todos los que nos ayudaron, y a todos los vecinos del barrio y, especialmente,
¡Un fuerte abrazo compañeros del Barrio Blanco!
¡Hasta el próximo picadito!










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